SumpaVive 2012: CARLOS LUIS ORTÍZ

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Alausí, 1979. Poeta, profesor universitario, comunicador social. Realizó la Maestría en Estudios de la Cultura con mención en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Andina Simón Bolívar con sede en Quito.

En el 2005 obtiene la primera y única Mención de Honor en el Concurso Nacional de Poesía “Jorge Enrique Adoum” con el libro “El zigzag del solitario”. En junio del 2009 obtiene una Mención Especial en el concurso internacional de poesía “El Verso en Digital” en Andalucía – España con el texto titulado “Un lugar sin estaciones”; en ese mismo año obtiene el premio único en el Concurso Nacional de Poesía “Ileana Espinel”, con una recopilación de textos titulados “El niño alucinado”. En Febrero del 2010 obtiene el Tercer Lugar en la Bienal de Poesía de Tungurahua con el libro “Los duelos de un infante”. Reside en Guayaquil. Actualmente se dedica a la docencia e investigación. 

 

-O-

UN LUGAR SIN ESTACIONES

 

 

Sobre la mesa un caudal de alimentos pobres,

la ruina era nuestra, de quienes nos jugábamos el pensamiento con sueños irrealizables

 y desvestíamos cada una de las hojas que simulaban un otoño,

 pero no era otoño, en los sanatorios las estaciones no tienen cabida,

son pasajeras de una alucinación, de un episodio evocativo.

 

 

 Los alimentos morían en nuestras lenguas,

el sabor escaso,

 los olores sesgados por la blanca eternidad de los techos

se compadecían de nuestros cabellos canos al llegar la merienda.

 

Todos llorábamos hacia adentro,

en los ojos la amplitud del abismo,

 la incertidumbre de los fines de semana, de las visitas, del acoso de los locos

que por un tabaco nos hablaban de la misión geodésica,

del pecado de las monjas, de los castigos, del electro shok,

 de sus primos ausentes,

 porque  a los locos la gente normal  los vuelve ausentes

y detrás de un árbol amarillo

como el imaginado cielo de las costas

una mujer decapitaba a su muñeca desnuda

y le colocaba flores alrededor, arrodillándose y dando la espalda a la capilla.

 

El padre nuestro, los ave marías, las plegarias, la ostia, el vino,

 la purificación de las almas,

todo contorneándose con la música asilada en la piel,

 en las noches lejanas, donde la vida era un lupanar donde acostar la aurora,

 todo confundiéndose con la respiración de la tierra.

 

El hielo se derramaba sobre los maderos de una escalera,

y la llovizna se acomodaba lenta entre el césped y entre las baldosas.

Las criaturas que allí habitábamos

teníamos tatuados en la memoria segmentos de tiras cómicas,

pasajes de libros torturados en el ayer,

y en el ventanal por donde se colaba una paloma a lustrar sus alas.

 

 La sorpresa es un guante de seda con colmillos brillantes,

un arlequín con ojeras plomizas 

y nosotros un pedazo de metal

endureciéndose con el frío de la lumbre.

 

Los días se inclinaban con sus horas lentas,

con sus lánguidos recuerdos

 sobre el cuello de los amantes abandonados en las esquinas rotas.

 

 Los amigos en el bar contiguo a la tragedia levantaban sus copas,

 y nosotros queríamos escapar para emborracharnos una vez más,

 para replicar sobre los muros la enfermedad,

querernos en la legión de la miseria,

 y redoblar nuestras decadencias como un himno.

 

 La inercia se acomodaba en el agujero de una flor

 e íbamos en grupo a regocijarnos bajo los escombros de una luna.

 

Cuanta falta hacen las manos que el presente las relega de invisibles,

 cuando la angustia sigue reposando sobre un pasto de clavos.

 

 Nunca imaginé de forma tan clara

 el vibrar de una flecha,

 jamás escuché un blues torcido por un rayo,

 cuando todo pasaba del azul a lo infinito

 y queríamos hundirnos como peces en un mar de acrílico.

 

 Los toros cantaban en un llano

donde su presencia era recortada por la cortina gris de la neblina.

 En otro sueño, también queríamos ser envestidos por ella,

que divide a los animales, al campo y a los hombres

entre sus carencias y sus silencios.

 

Un corazón parcelado, para que lo habiten otros cuerpos parcelados.

 

Una vena que se iba construyendo con la sangre de otras venas

para desembocar en un abeto elevado como un globo.

 

Un gesto como una ciudad desprovista de gente,

 otra vez la ciudad vacía devenida en águila que nos raptaba.

 

Nos escondíamos en medio de las piedras,

a las que bautizamos como entrañas

 e inventábamos trapecios para subir al vacío.

 

Nunca hubo mayor riqueza

que la de los adornos incrustados en una espuma,

 o en una tabla rasa donde huían los continentes

 y los pueblos quebrantados.

 

Lazarillos brillaban,

cuando las mañanas se apagaban como un candil solitario.

Se arropaba  la madreselva

al ver a las raposas mostrar su sonrisa herida

 

Todo se vuelve lejano después de las rejas.

                                                        En los bemoles de un piano crecía un MUERTO

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Acerca de poe88

[Santa Rosa - Salinas. Santa Elena, 1988] Poeta y promotor cultural. Ha publicado en poesía “Sueños Inconstantes” (Santa Elena, 2010), “Ángeles Sodomizados [Grilla del Éxodo]” (Jaguar Editorial) y el trabajo antológico “Voces en el naufragio” (Edición C.C.E, Núcleo Santa Elena, 2012) donde reúne los rostros del I y II Festival Internacional de Poesía SumpaVive del cual es organizador. Coordina además el Encuentro Nacional de Poesía Joven Marejada, entre otros eventos culturales que se despliegan dentro de la provincia de Santa Elena.
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